Un circo tenebroso

Julià Guillamon (La Vanguardia, 5 novembre 1999)

El circo como metáfora del mundo, un universo en el que se mezclan lo real y lo irreal, el éxito y el fracaso. El fabulador al que se alude en el título es una especie de Dios guasón, que controla el destino de los personajes. Su muerte desencadena la disolución de ese mundo ficticio.

El debate sobre la novela catalana se mueve hoy en torno a dos ejes principales: la exigencia de una altísima calidad para contrarrestar los efectos de la pinza formada por el negocio y la normalización lingüística que en la última década primaron la cantidad; y la necesidad de que las novelas sean representativas, capten la palpitación del mundo de hoy y, en consecuencia, resulten atractivas para los lectores.

¿Surgirá un nuevo tipo de escritor bien preparado que conecte fácilmente con el público medio? ¿Deberán intervenir los editores para “dirigir” a sus autores más capacitados hacia temas de interés general? ¿Habrá espacio para la novela que prescinde de otros intereses para ser ante todo escritura? Habrá 1500 o 2000 lectores para los Ponç Puigdevall, Toni Sala, Albert Mestres o Jordi Ribas que se plantean una literatura sin ataduras?

Pasqual Farràs se suma a la lista. La mort del fabulador es una extraña novela. Uno de esos libros que resultan de cruzar lecturas y referencias. La prosa de Foix, los relatos de Kafka, el cine de Tod Browning i Fellini, la pintura de De Chirico, el circo de Calder, Picasso y Chagall. Kafka es divertido, Fellini está a favor de la alegria salvaje. El humor de Browning —con sus enanos disfrazados de bebés fumando cigarros puros— llega a ser demoledor. La mort del fabulador es solo sabia. Todo lo que en sus modelos es rápido, ágil, irreverente y mordaz, en la novela de Farràs es lento, intemporal, opaco y misterioso. Y antiguo. ¿El teatro del mundo se ha convertido en un circo? El equivalente moderno parece estar más bien en las fantasías y visiones del lobotomizado. ¿Todos nos sentimos extraños en la realidad, como extraviados? Cierto, pero es así de todas formas, sin necesidad de topar a cada paso con el forzudo, el enano y la mujer barbuda.

Farràs es un artesano. Trabaja el lenguaje minuciosamente, mezclando niveles de uso (de lo muy coloquial a lo más retórico, de lo más sencillo y popular a las subordinada antinaturales), buscando la expresividad de cada frase, en un clima verbal cerrado, muy retórico, envolvente. (…)

Esta manera de decir inhabitual contribuye a crear la atmósfera plomiza, inquietante. Farràs construye bien la situación estancada, los paisajes desolados, los interiores tristes. El protagonista: el extranjero que vive en un exilio interior, siempre a merced de la humillaciones de los más fuertes, de los caprichos de las mujeres, del desprecio de la multitud. Los personajes secundarios funcionan dentro de su esquematismo. Pero de ahí a la auténtica literatura visionaria (la de Robert Walser en Jacob von Gunten o la de cualquiera de los libros de Miquel Bauçà) media todo lo que no se aprende ni puede ser construido.

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